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papel antiguo

¡Dadme el cuerpo!

Sucedió entre un viernes al atardecer y un domingo de mañana. Uno de mis escritores predilectos, quien alumbró al mundo a comienzos de esta era, lo describió así: “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron.”

¡Dadme el cuerpo!

I.

[José de Arimatea]

¡Dadme el cuerpo de mi Señor!

Le daré digna sepultura.

En mi campo, el ruiseñor

trinará sobre su tumba.

Yo, en invierno tímido hachón

apenas lívido en la penumbra,

si antes medroso no alcé la voz,

hoy canto la nota más aguda.

Rueda la piedra, sella la peña.

Duerme quien conquistó al dolor.


II.

[María de Nazaret]

¡Dadme el cuerpo de mi Señor!

Medró él en mi vientre.

Su primer llanto yo enjugué;

¿quién me consolará por su muerte?

Mi niño, tierno rayo de sol,

¿me entibiará tu bondad inerte?

Pensaba, el mundo diría de ti

que eras su rey de reyes.

Te amamantara aún en el pajar

bajo la estrella ardiente.


III.

[Nicodemo]

¡Dadme el cuerpo de mi Señor!

Ungí con mirra sus cabellos.

¿Por qué odiaron tanto

a quien hizo al mundo más bello?

Bajo la luna me recibió,

siendo él mayor lucero.

Junto al olivo y el nogal,

alumbró la senda del viento.

¿Puede un sabio admitir “no sé”

y añoso nacer de nuevo?


IV.

[Gabriel, el querubín]

¡Dadme el cuerpo de mi Señor!

Del cielo tu Padre te llama.

La luz sin ti es desolación

y no fulge la mañana.

¡Abre los ojos, Hijo de Dios,

que vieron la primera alborada!

La tierra tiembla a tu despertar,

estruendo a tus pisadas.

Rueda la piedra, brilla la cueva.

Sale quien conquistó al dolor.


V.

[La Magdalena]

¡Dadme el cuerpo de mi Señor!

¿Eres tú el hortelano?

¡Mira mi llanto que vela el sol!

Di dónde le has llevado.

Sobre la hierba esperaré

a aquel que me han quitado.

¡Mi nombre escucho! ¿Será tu voz

aún mi arrullo en los prados?

“María, no llores. Veme, Yo Soy.

Muerte es sueño disipado.”


VI.

[Centurión]

¡Dadme el cuerpo de mi Señor!

Astro fulge en la caverna.

Hiere las rocas su resplandor

cual llameante estrella.

Ojos de fuego, broncínea faz,

cabellos de polar estepa.

Visión terrible, albo guerrero,

relumbra su majestad señera.

Yelmos depuestos, mi legión toda

le adora postrada en tierra.


VII.

[Cleofas]

¡Dadme el cuerpo de mi Señor!

Caminó él a mi lado,

cuando por lloro el corazón

sin norte padecía anegado.

Y yo, enlutado, no distinguí

tras sus rasgos velados

tan sublime amor que en

pedregal haría brotar el grano.

“No partas, viajero. Posa conmigo.

La noche ya nos ha alcanzado.”


VIII.

[Tomás]

¡Dadme el cuerpo de mi Señor!

Aunque terco dudaba,

más atento al trueno de la razón

que al susurro del alma.

“Cual un niño debes ser

que en la niebla avanza”,

dijo él tan compasivo

guiando mi mano a sus llagas.

“Palpa con tus dedos

los signos de amor supremo;

la vid y sus renuevos

brotan de raíz escarlata.”


IX.

[Juan]

¡Dadme el cuerpo de mi Señor!

Ya se eleva distante.

Las nubes ocultan su ascensión

hacia el trono vacante.

Vendan las alas del serafín

los pies ayer sangrantes.

Trae la brisa, firme entre

ecos, su orden apremiante:

“El mundo sepa: por todos

la hiel gusté amarga,

por de vida saciarles.”

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