

¿Cómo he de dejarte?
A partir de la tragedia de la esposa de Lot, vuelta estatua de sal al contemplar la destrucción de su ciudad, Sodoma, este poema reflexiona sobre por qué ella osó mirar hacia atrás. Las últimas estrofas vuelven al texto polifónico, al agregar la endecha de un peculiar ser sobre la tumba de sal.

I.
"¿Cómo he de dejarte?",
llorosa deploró la mujer del valle,
enhiesta bajo la última noche,
señora del agreste prado.
Del alba los fulgores tempranos
ya irradiaba el hogar lejano,
y algún errante rayo entre las manos
claro huía del umbroso cuadro,
do temblona se enclavaba la mujer del valle.
II.
"Por mis hijos hoy yo pido,
que aún duermen a cobijo;
¡por mi pueblo tan querido!",
así rogó la mujer del valle.
"Rara vez yo he implorado
nimia gracia, algún favor.
Nunca humilde al cielo he mirado,
ni blanda porfié por su amor."
III.
"Mas el día augura destrucción,
sobre el campo que la siega aguarda;
el verde huerto en la mansión
ya triste final retarda.
¿Cómo acaso yo podré feliz ser
ya sin volver a contemplarte?
El pandero en el festín,
aquel seto en el jardín,
¡si vacía voy, desierta,
en mi sino han de faltarme!"
IV.
"¡Fríos labios mándanme abandonarte!
A mi oro con desdén,
a tan dilecto ayer,
quien de este suelo no es
pídeme no ya aferrarme.
Al destierro sin tu canto
que endulzó mi juventud,
quiere sin más enviarme.
Cual si hórrido crimen cometiera,
aquel guarda de seña severa,
con prisa y brusca manera,
úrgeme a pronto olvidarte."
V.
"Ciega en mi exilio fuera,
o por yermo mendigue pan;
sudor por caldo yo bebiera,
y mi sed no hallara manantial.
Dícenme 'atrás no mires'.
¿Cómo haría tal crueldad
a ti que abrigas mis recuerdos,
trocar tu gloria en sequedal?
¡Aunque vea infierno en las nubes tronar,
y de alarma el vigía dé la voz,
postrer mirar he de ofrendarte
en airado, sentido adiós!"
VI.
El celaje rasgó un relámpago feroz,
heraldo de juicio inminente,
y azufre derramó el cielo vengador
sobre Sodoma durmiente.
Sepulto quedó el antiguo palacio;
no más se oyó el arpa en la llanura.
La risa el fuego devoró,
por siempre en la noche oscura.
¡Ha caído, ha caído del placer la reina,
que soberbia, impune, su esplendor alzaba;
que a bondad no dio cobijo,
y al pequeño despreciaba!
VII.
Todo esto vio ella tan dolida,
e ingrata protestó por salvar la vida.
Pues lloraba la ciudad que ardía,
desafiaba la gracia ofrecida.
"¿Cómo he de dejarte?", exclamó
entregando al fuego la fatal mirada.
No para ella era la urbe cuna del Mal,
sino deleite de los livianos días.
Aún la llora erguida cual estatua de sal,
con blanco pecho y el alma herida.
VIII.
"¿Cómo he de dejarte?", gime el ser
que desde alta corte quisiera rescatarla.
Alado allí tal vez,
hoy humano su pavés,
aún niégase a abandonarla.
Sobre la tumba de sal,
llora el ángel sin igual
río amargo en el hervor siniestro.
Mientras ruge en la ciudad
llama eterna sin piedad,
él le peina los cabellos muertos.
IX.
"Mal llamaste libertad
al fragor de la ciudad",
llora el ángel sobre el cuerpo yerto.
"¿Qué ahora será de mí,
cuando vuelva yo que fui
tu guardián desde los años tiernos?
Cuando me pregunte Dios
qué has hecho con su don,
puede que ante Él yo calle.
Vuelo yo al resplandor,
mas quebrado el corazón
queda junto a la mujer del valle."