

Amada por la luz
Esta pieza poética liga tres episodios de la fascinante mitología griega. Un denominador común: cada uno presenta el encuentro entre una mujer y un dios, y una decisión trágica o permanente, con disímil desenlace.
Dafne es perseguida por Febo (Apolo), dios de la luz. Incapaz de escapar, vence a su acosador pidiendo a su padre (el dios-río Ladón) ser convertida en laurel. Sémele sucumbe a los encantos de Júpiter (Zeus), el dios padre del Olimpo. Le pide ver su forma divina, pero no resiste la luminosa teofanía. Finalmente, Core (Perséfone) es raptada por Hades, rector del Inframundo. Le es permitido volver a la tierra si no prueba alimento alguno. Ella decide comer semillas de granada, por lo cual es entronizada como Reina del país de los muertos.

I.
[Dafne]
“Grácil surcaba el bosque
cuando la luz me amó
‘¡Dafne!’, llamaba el dios
que mi beldad buscó.
Él, radiante y triste,
gemía por mi voz,
pues de áurea saeta
sangraba el corazón:
‘¡Pura séme, como el río
que tus pies ungió!
No encubras tu pecho,
¡tan blando!, a mi admiración.
Si tu piel trasluce
como el río Ladón,
¡mostrará otro dardo,
que horada tu corazón!’
Tal Febo rogaba; jadeante
sufría el joven dios.”
II.
[Sémele].
“Vi llameante el prado,
cuando él me halló.
Curiosa, audaz gacela,
enfrenté al león.
Hombre fingía, envuelto
en propio esplendor;
aura entre los rizos,
sobre el hombro un ruiseñor.
‘Conmigo yaz, Sémele casta’,
implorar oí al padre dios.
Mas yo, incrédula aún,
tenté la ocasión.
Asaz necia, gélidos labios,
templado el rubor.
Si aquel fulgente astro,
en tierra a la sazón,
Júpiter era y tronaba
ansiando mi pudor,
prueba daría su remilgo
de candente pasión.
Díjele presta, cual nunca
osada, ya sin temor:
‘Déjame ver cual eres, infinito,
relumbrante, eterno sol
entre doradas espigas.
Los huesos que crujen,
no temas vencer.
Sea mi piel broquel a tu gloria,
greba que escude
los muslos que amaste.’”
III.
[Core]
“En la tierra de los muertos
desperté yo hoy.
‘¡Core!’, grita aún mi madre;
ruega por mi voz,
y bajar a Hades quisiera,
donde él me llevó.
Bruma sube de la Estigia
ante mi pavor;
tras sombra al fin distingo,
severo, a mi raptor.
‘Hades soy, mío es el reino’,
afirma, ‘y tú mi posesión’.
Entre niebla y cien espectros,
mi nombre pronunció;
grave son, un dulce trueno,
su acento me conmovió:
‘Si manjar aquí no pruebas
en mi plantación,
volverás libre a tu tierra,
juro por mi honor.
Mas sabe, libre o cautiva,
que te amo yo.’”
IV.
Y las tres, confuso trino,
cantan su decisión.
No rapsoda; sólo ellas
conocen su canción.
"Laurel soy, árbol perenne,
bebo néctar del Sol.
Febo ríndese impotente,
Héspero a su fulgor."
En el prado triste se oye
sólo muda voz.
De Sémele las cenizas
llora el padre dios.
Gusta Core las semillas
que Hades sembró:
ya no volverá al suelo
que nacer le vio.
"Reino yo en los infiernos;
esta es mi mansión."