

Endimión
Los griegos imaginaron el romance entre Endimión y —la deidad lunar— Selene. Una noche con una diosa sería el sueño de todo mortal. Sin embargo, cuando admiramos sus fulgores, solemos olvidar que la luna tiene más de un rostro.

I.
Del ruido había escapado
hacia el tejado del mundo,
por alcoba la intemperie
y cual sábana el aire
que a mi torso errante
era cobija maternal.
Huésped de la cumbre,
como águila joven,
sobre una piedra rasa
me arrulló la noche.
Acunado en lo alto no vi
que bajaba la luna hacia mí.
II.
Al abrir los ojos,
sus pies de marfil
cimiento eran a lo bello,
a lo antiguo, a lo infame.
Su torso, relámpago desnudo,
un manjar de viva carne.
Sello de polar ternura,
era un pétalo extendido
su piel, que a la vista
clamaba “¡Mírame, no hay
más que yo en la tierra!”
Por el esplendor cegado,
por aún somnoliento, no advertí
que la luna estaba frente a mí.
III.
Cual estatua de hielo,
faro era en la oscuridad.
Su cabello, negra vela
azotada en alta mar.
En la tez de blanca aurora
una sonrisa infernal,
que pálida boca, lirio
muerto, trazaba letal.
Y la mente trastornaban
sus ojos de bruno ajenuz,
con pestañas escarchadas
donde brillaba el invierno.
Yo, tan maravillado, percibí
que la luna se entregaba a mí.
IV.
En cima solitaria
irradió un volcán
cuando nos fundimos
en rabiosa llamarada.
Fueron sus dedos sobre mí
nieve derritiéndose en la piel.
Su espeso cabello
fue a mis ojos velo;
al olfato, mirra y sudor.
En el amasijo informe
por su blancura alumbrado,
¿cómo saber cuál muslo,
qué cuello, qué gemir mío era
y cuál mis sentidos nublaba?
Del sueño vencido, no entendí
que la luna se alejaba de mí.
V.
Remontando vuelo al cielo,
ave de noche, la sorprendí.
Supliqué: “¡No te vayas!
¿Qué es el hombre
tras tu lumbre ver?”
Sobre el aire flotando,
exclamó: “¡Ven, montaraz!
No hay más que yo en la tierra.”
Seguíle embelesado; salté
a sus brazos suspendidos,
hasta perderme en el vacío.
Mientras caía al barranco, oí
que la luna se burlaba de mí.