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La dama de las tormentas

Un hombre tímido y apocado recibe la visita de una híade, a saber, una ninfa con poder sobre la lluvia. En palabras de Sylvia Plath: “Muchas personas están cerradas a cal y canto dentro de sí mismas, aunque se abrirían, desarrollándose maravillosamente, si te interesases en ellas”. 

La dama de las tormentas

I.

Fue una noche insomne cuando

vi a la dama de las tormentas,

desde la ventaba empapada,

entre las oxidadas rejas.

Sobre la hamaca del patio

columpiaba su silueta,

bajo un diluvio de Súmer

que anegaba las estrellas.

Paraguas en la mano,

bajé presto las escaleras.

¿Por qué alguien no escaparía

veloz de la lluvia plena?


II.

Con media vida pisada

en casa tan solitaria,

era yo en mi propio día

una aurora longeva,

sin nunca llegar al cénit

de las confiadas lumbreras.

Por temer al miedo,

por el corazón maltrecho,

alas de dañado cisne

portaba en la espalda chueca

y en cárcel de silencio

se mustiaban las letras.


III.

Aguardaba ella en el parque,

meciendo su peso apenas;

lágrimas de aguacero

corrían por su vedeja.

Híade que en las gotas vive

hasta caer leve en tierra.

Cabello de briosa cascada,

albo cual lana de oveja,

y piel por el turbión lavada,

por la luna acariciada,

como la mano admirada

resbala por tersa seda.


IV.

Fingía ser de edad incierta

mujer bajo la tormenta,

de sabia anciana la testa

o de niña la apariencia

difusa tras lluvia intensa,

cuando el paraguas ofrecí gentil.

Se espantó y tras el columpio

fue como témpano oculto

que castigaba el diluvio.

¡Corderito sin buen rumbo

que chapotea fuera del redil!


V.

Quizás supo, mal podría

algún daño hacerle yo,

ninfa ella de otros días,

nacida en épico aluvión.

Le pregunté: “¿Me temes

a mí que soy sombra inane,

apartado de este mundo,

un fantasma en la carne?”

Se acercó ella más confiada

y rehusó el paraguas:

“Con la lluvia he venido;

no puedo ser resguardada”.


VI.

“Si quieres ser alma libre”,

habló mientras me invitaba

a su derecha en la hamaca,

“y extender alas de cisne,

déjame palpar tu frente,

vicaria sorber la fiebre,

destrabar la lengua inerte,

salvar el latir que se extingue”.

Todo aquello y más me hizo,

vieja bruja con su hechizo.

“Cierra los ojos”, me dijo,

“y podrás luego erguirte”.


VII.

Sentí yo cómo la lluvia

los carrillos regaba,

y de eremita las arrugas

el prodigio alisaba.

¡Palpé el alma joven de nuevo!

Del miedo el paradero,

¿ahogado por el aguacero?,

la mente salva ignoraba.

¡Cuánto quise agradecer

a la ninfa que me encontrara!

Mas al los ojos abrir,

solo en el jardín me vi,

bajo el cielo que escampaba.

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