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La espada flamígera

Los versos finales de la obra magna de John Milton relatan que “levantada delante de ellos, fulguraba la espada, despidiendo airados resplandores, como un cometa”, estando apostadas en la puerta del Paraíso “figuras de relumbrante aspecto y terribles armas”. Así el poeta ciego se despide de los primeros amantes dichosos y desdichados.


Esta más modesta composición no tiene como personajes a aquellos cuya caída narraran el Génesis y Milton, pero de tal escena toma prestada la espada de fuego que clausuraba la puerta del Edén. Aquí también hay dos amantes: una, cuyas facciones son veladas por la espada, ha quedado del lado feliz del plantío; el otro enfrenta un éxodo hacia la soledad sin estar listo para partir.

La espada flamígera

I.

A través de las llamas

que cual cabellos ondean

en espada de luz,

y a mí el pórtico

para siempre cierran,

te contemplo enhiesta,

tal la encina que nos fuera

un asilo de quietud

en el ayer dichoso,

la edad de nuestra inocencia.


II.

Oigo claros los lamentos,

cual endecha del huerto:

el canoro colibrí,

un pavo real de cien ojos

en las alas verdemar,

el jaguar adiós gruñe

en tenue despedida.

Parten conmigo al yermo

la langosta y el ratón,

el lobo ahora rugiente,

un fétido murciélago

sobre el hombro desnudo.


III.

¡Oh, que entre flamas hambrientas

refulgiese tu belleza,

calmando en mis ojos el motín!

¡Si el ángel que adusto

entierra la espada,

vedando la entrada

al eternal jardín,

plegara las alas

cual paloma mansa,

tu contorno osando descubrir!


IV.

¿Qué da si soy amo

del planeta entero

que hasta aquí sin dueño,

tal confiado cordero

del prado, balaba en paz?

Si tu voz no oyese

el oído atento

al grabar mi huella

en la inmensidad,

un mundo sin gloria

será al pie pionero

que añora orquídeas,

mas sufre el zarzal.


V.

No teme el colibrí

la espada encendida.

vuela hasta mi sombra colorear.

Nacido en tu hombro,

la fragancia recuerda

que a Jasón haría naufragar.

Y habla con tu voz,

¡cuan grato portento

para quien al huerto

aún llama hogar!


VI.

¡Serafín de alas tiesas,

permite este último recado!

A mí es más preciado

que el hálito vital.

Así el pájaro canta

su mensaje secreto,

con humano verbo,

proclama de paz.

Dice, quien no es mía,

quien el guardia vela,

jamás me olvidará.


VII.

“Sabes, hay un río”,

prosigue el ave

con versos prestados,

“que brioso a oriente

ha de correr.

Ante su vado, una caverna,

más serena ribera,

que prohibida frontera

es al vergel.

Cuando la luna es roja,

los ángeles temen;

y yo en cueva ignota

me he de guarecer.”


VIII.

“Cierto, este prodigio

cada un siglo sucede.

Mas, ¿qué son cien años

cuando arde el amor?

En cita furtiva,

gimientes en la gruta,

torcida la ruta,

huiremos del alado resplandor.

Tú, más mustio cada luna;

yo, la rosa perenne,

flama alegre seremos;

luego ascua sin fuego,

extenuados miembros,

cruel tormento al suelo

que derretirá el calor.”



Libro Apofis y el Dragón

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