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No mires

Movido por su amor imbatible, Orfeo está en pie frente a “los reyes de la tumba”, Hades y Perséfone. Le han concedido llevarse del inframundo a la fenecida Eurídice, por quien él había descendido a riesgo de su vida. Apenas una condición hay para el trato: hasta que ambos traspasen el límite entre la tierra de los muertos y el mundo de los vivos, él no puede mirarla.

No mires

I.

“No mires”, me ordenaron

los reyes de la tumba,

“aunque su rostro esplenda

cual sol sobre la Estigia,

y el cabello de almendras,

puente a la cintura estrecha,

mudo invite a la caricia.

Hasta el río de los muertos

dejar en sur lejano,

sea ciega la vista,

o, luna del valle oscuro,

no volverá a su Orfeo

Eurídice tu ninfa”.


II.

¿Cómo podrían los ojos,

privados largos días,

apartarse del norte

de sus finas pupilas?

Aunque díganme que

muerta es su sonrisa,

plantío de carmines rosas

su curva boca imitaría.

Sin la musa dilecta,

se apagará la lira.


III.

Puede una mirada confinar,

si su faz ha de hallar,

a estas soledades

y al alma leve arrastrar

al corazón del Hades.

Todo esto comprendí

hasta que a mi lado vi

a mi ninfa presta a partir.

En su piel pude advertir

el aroma a nuestras mocedades.


IV.

“Muchas vidas han pasado

desde el último recuerdo.

Tomemos juntos el sendero.

Tú delante, ve primero.

No mires, mi dulce Orfeo,

hasta que felices crucemos

el puente sobre el abismo,

gaviotas al negro río”,

mi Eurídice me dijo,

y yo, vista al suelo,

comencé la alegre marcha.


V.

Semejaron años las leguas,

resistiendo al corazón

que urgía a voltear la mirada,

hasta que cercana la alborada

vimos de la feraz llanura.

Y tras mi pecho el tumulto

de mandar no cesaba

que a mi ninfa contemplara,

aunque desde atrás su sombra

cual un fresno me abrigaba.


VI.

No marca el linde entre la vida

y la muerte una alta valla.

¡El sol naciente en lontananza

augurio es de bonanza,

lámpara a la vista exhausta!

¡Pronto a Eurídice veré!

Mas, al girar mi cabeza,

su rostro terror demuestra,

pues un pie en cada tierra

tiene la ninfa por quien bajé.


VII.

Atestiguo su belleza

sobre la hierba liminal.

“No me olvides”, susurra

como súplica final.

Los ojos se adormecen;

el cuerpo se desvanece,

así el humo, cual el tamo

que se alza del arrozal.

Y en su trono Hades ríe:

“Si tanto la hubiera amado,

muerto él habría bajado.

Ante tal amor es vano

de la tumba el umbral”.

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