

Prócula
La carta de Claudia Prócula, escrita por su mano trémula tras una noche reveladora, tenía el poder de disipar las tinieblas y cambiar la Historia… Mas no de vencer la cobardía.

I.
“Amado, con espanto
estas letras escribo;
pues un sueño de terrores
mi noche ha oscurecido.
Paisajes de gloria y luto
que hombre no ha visto;
rojo lienzo, eterno albor,
alondra y buitre unidos.”
II.
¡Oh, ningún ligero habrá
de ser heraldo mío!
Surco rauda la ciudad
por darte fiel aviso.
En la calle el odio bulle;
fiero ruge el gentío.
Buscan otros sin respuesta
a quien sanara a los niños.
III.
“Tal, querido, en sueños vi:
un roble entre las zarzas;
entre lobos, cordero;
su voz como una espada.
Del ciego abría los ojos;
al cojo restauraba.
Callando las endechas,
a muertos levantaba.”
IV.
“¡Inocente a todo mal,
blanca alma en la penumbra!
Paloma de ala quebrada,
padece ofensa ruda.
Lacre en tus oídos pon
si de falta se le acusa.
¡Yo te juro: este sufriente
no cometió ninguna!”
V.
Llego presta ante ti;
te hallo gris, turbado.
Tu ronco acento,
el gesto cruel,
semejan ablandados.
“Esta es mi carta,
y mi plegaria
aquí te he presentado.
¡Oye a quien por ti ha corrido
y no manches tus manos!”
VI.
¡Ay, amado! ¡En tu rostro
de mi noche igual pavor!
¿Quizás también cobardía,
hielo que apaga el candor?
“Mi querida”, excusas,
“aunque triste, yo no puedo
salvarle del horror.
¡El pueblo sangre demanda!
Mi mano mueve su ardor."
VII.
Te reclama el averno;
pide tu decisión.
El vocerío aumenta;
implora un final atroz.
Queda la puerta entreabierta;
me arrimo de ti en pos.
Airada, la turba brama:
“¡Cruz al impostor!”
Al lavar las manos tintas,
deploras, allende el perdón:
“¿Qué será de mí que hoy
mato a un joven Dios?”
VIII.
Junto a ti, muda pena
soporta el condenado.
Toga carmín no vela
el dorso flagelado.
El cuerpo rendido exuda
su amargo llanto,
que grana le envuelve
cual otro manto.
Y en la frente, infame arijo.
viles espinas han sembrado.
IX.
¡Ay, amado, he de decirte
cómo mi sueño acaba!
Contemplé yo tus pavores
cuando el cielo arda,
y en noche fulgurante
quiera huir tu estampa,
do entre cirros las antorchas
no iluminen tus pisadas.
¡Agua del mar infinito
no podrá comprar tu calma,
ni a tu sombra una guarida
dará firme la montaña!