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Telémaco en paz

Homero relata el reencuentro, demorado por una década, entre Telémaco y su padre, finalmente llegado este último de su enrevesado periplo. Es una de las escenas más emocionantes de la Odisea. Sin embargo, esta es apenas la visión del aedo griego. El poema a continuación refleja una mirada distinta. Aquí Telémaco ha crecido a muchacho sin padre, a quien adora en ausencia, mientras su madre cose y desteje su vestido nupcial. Todos los días le espera junto a la costa en compañía del perro de la familia. Lo domina la ansiedad, hasta que una mañana un barco atraca en el puerto… 

Telémaco en paz

I.

Telémaco en el muelle,

al rayar el día,

estira su cuello

como un avestruz.

Aunque hanle dicho

"el amor es causa perdida",

por avistar se esmera

un barco en el sur.

Tiene de fugaz rocío

regadas las mejillas,

y viejo mastín sentado

tierno le besa la mano

apenas ladrando su decrepitud.


II.

Díjole su madre zurciendo

el opaco vestido de novia:


“Es tu padre un héroe

en guerra por la memoria,

que no volverá a este puerto,

de mil triunfos veterano,

hasta que sin tacha su gloria

mármol sea del panteón

de quienes tallan la historia.”


Y luego destejía una manga,

así de tenaz la araña,

con la sonrisa apagada

de una mujer sola.


III.

“Papá es grande”, él piensa

mientras absorta su mirada

está en el anchuroso mar,

“y este pueblo es pequeño.

Quien quiera ser eterno,

debe lejos navegar.”

Si de asirse al hogar,

no al mástil enhiesto,

cantaran los aedos;

si ver crecer al niño

valiera hollado reino,

padre en suelo ajeno

no habría ido a encallar.


IV.

Diez son ya, cuenta el niño,

los años de espera,

del bajel soñar

sobre la marea.

Narra él a quien oír quisiera

del héroe sordo a las sirenas,

cómo en bruna tiniebla

sumiera a Polifemo,

en Hades quejumbroso

anduviera entre espectros

y a fieros lestrigones

esquivase tan diestro.

Así esparce voz de niño

la leyenda del audaz Odiseo.


V.

Telémaco en el muelle

sufre solo la intemperie.

Es carbón del estío,

lo motea la nieve.

En manos que tiritan,

un retrato del padre ausente.

Y un gualdo atardecer

la calina de noviembre

lujoso barco deja ver

atracando en la playa,

veloz bajando por la rampa

toda su hueste sonriente.


VI.

Ladra el viejo perro

al oler entre el gentío

a quien su amo fuese

antes de ser amor baldío.

Pisa la arena dorada

un hombre de barba recortada,

y en Telémaco escapa

tras diez años de esperanza

un brusco suspiro.

Junto al viajero,

una mujer remilgada

y un crío recién nacido.


VII.

Telémaco en el muelle,

de estatua los gestos,

ahoga del perro el ladrido,

cuando tras el hombre

surge de su edad un niño

y tan cortés padre,

de su retrato salido,

señala la isla olvidada

que celebra sus hazañas

y un templo le ha erguido.


“Ya debemos zarpar

y volver a casa, hijo querido.

Contempla mi país antiguo.”


VIII.

Telémaco en el muelle cree oír

palabras como un puñal,

sobre la herida sal,

dichas al niño tan pulido.


“Antes de tenerlos,

yo era sombra demacrada,

un trueno en el vacío.

Comenzó mi vida hace diez años

por no mirar al pasado,

ser hombre y no mito.”


IX.

Ahora Telémaco comprende

por qué su madre memoriosa

de furia rasga el vestido

y luego lo teje ardorosa.

Al mirar de su padre

el dorso resuelto, toga inmaculada,

piensa que tal vez nadie

a Escila burló temerario

y al cíclope alumbra

todavía el ojo sano.

Aunque amarga la verdad,

mejor en ella naufragar

que en leyenda irreal

hallar confiado puerto.


“Papá, al fin te conocí

el día en que te perdí.

Ahora puedo en paz seguir:

no te requiero perfecto.”


Libro Apofis y el Dragón

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