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Thusnelda

La querusca Thusnelda fue, hace veinte siglos, esposa de Arminio, quien acaudilló la defensa de las tribus germanas ante la invasión romana. Una tarde del año 9 d.C., las legiones imperiales fueron atraídas al bosque de Teutoburgo, donde, atacando por ambos flancos, los germanos lograron una victoria aplastante, si bien no duradera. Según la crónica oficial, una vez asesinado Arminio, la infortunada guerrera fue llevada a Roma, donde su rastro se pierde para siempre. En el poema, un hombre, sentado en un café, lee la historia y en una mesa cercana le parece ver a una anciana Thusnelda. ¿Podría ser?

Thusnelda

I.

Dicen que Thusnelda

se esfumó de la historia,

hecha vendaval su furia

en las entrañas del bosque negro.

Su grito encendido en sangre,

la mirada de niña azul,

el cuerpo como arma de guerra.

Desapareció joven; en sus brazos

aullaba un crío de loba.


II.

Sentado en un café, leía

su vida entre sorbos amargos:

cómo desnuda embistió

un muro de escudos romanos.

La vi en otra mesa,

¿noventa sus años?,

cual lana el cabello

y misma hosca expresión,

rescoldo de feroz encanto.


III.

Dicen que Thusnelda

tanto a Arminio amó

hasta que se lo arrebataron.

¿Una daga traidora

mientras él dormía a su lado?

Y huyó la loba en llanto

con su niño en brazos.

Un joven centurión

la cercó contra un fresno.

Ella lo besó en los labios;

su cuerpo, arma de guerra;

con los colmillos abriole el cuello.


IV.

Bebía café oscuro, así el follaje

donde la ocultó la noche.

En su mejilla, lloro de escarcha;

el Rin bullía en sus ojos.

Las alas de una cigüeña

aclaraban su mirada,

quizá ciega, tal vez harta.

En un pastel de manzana

hincaba los dientes gastados.

Aúlla a la luna salvaje

y su rostro más se hiende.


V.

¡Ya descansa el bosque

de los pigmentos azules,

de las flechas incrustadas!

Hay un camino de asfalto

donde blandías la espada.

Tu pequeño hijo de loba

gorjea con los arrendajos.

Por la senda de los turistas

ya no marchan legionarios.

¡Sola tú inflamas las huestes

de espectros pintarrajeados!


VI.

Dicen que Thusnelda

se esfumó de la historia.

Avanza hacia mí

tras pagar su cuenta,

abriéndose paso entre

chuecas ramas de abedul.

Más allá, Arminio la espera;

junto a él, un lobezno,

arrancado al recuerdo,

exhibe perfecta salud.

Cruje la espalda tortuosa

cuando en pie Thusnelda,

si antes bronca su carrera,

camina un paso a la vez.

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