

Velas negras para Tristán
La leyenda celta de Tristán e Isolda tiene un final tan épico como su desarrollo. Él, sobrino del rey Mark de Cornualles, y ella —princesa de Irlanda y esposa del monarca— mantuvieron un romance apasionado. Descubiertos y Tristán exiliado, el joven se desposa con Isolda de Bretaña (también princesa), pero luego enferma gravemente. Envía en secreto por Isolda de Irlanda, creyendo que sólo ella podía curarle, con la siguiente indicación al capitán del barco: si la nave volvía con su amada, debía izar velas blancas; de lo contrario, negras. Isolda efectivamente viene en la embarcación con velas blancas. Sin embargo…
El poema intercepta la historia estando Tristán en su dormitorio, aquejado por dolencias, pero los versos son la voz y perspectiva de la otra Isolda, su (jamás amada y vengativa) esposa. Las palabras de Tristán aparecen entrecomilladas. Un mejor y más antiguo poema reza, sobre el mismo asunto: “Ponme como un sello sobre tu corazón, como marca sobre tu brazo. Porque fuerte es como la muerte el amor; duros como el sepulcro los celos…”

I.
Duerme, Tristán, al alba
que pregona un día nuevo.
Lozano despertará tu cuerpo;
no más de fiebre el dolor avieso;
sonoro cae el baluarte enfermo.
¡Mi suerte, gemir ansiosa
cual madre a niño pequeño,
porque al abrir los ojos
sea a mí tu mirar primero!
II.
¿Qué nombre con labios tintos
en flor del triste cerezo,
masculla quedo aliento,
oigo yo entre los rezos?
“Bastará ver, mi Isolda,
de tu luz un destello,
para que sano, invicto,
huya de entre los muertos.”
Es Isolda mi nombre,
mío el palacio, mi padre el rey,
pero tú ansías otro puerto.
III.
Cuando a Bretaña llegaste,
sin nombre, con la marea,
bajel a la deriva,
algas en las guedejas,
¡bajo las alas blancas
acogí al bello marino,
confiando en que las olas
del mar que lava el tiempo
dieran a tu alma olvido!
Mas nunca es libre el norte
del corazón rendido.
IV.
¿Me amabas cuando al cielo
juraste ser halcón cautivo?
¿Por qué en nupcias felices
tu rostro era invierno frío?
Cuando alcoba de fuego
fue estopa a nuestro estío,
bramabas tú “¡mi Isolda!”
y yo gemía “¡mi marido!”,
¿era mi voz tu cénit,
o mente fugitiva, sin verbo,
lloraba un amor prohibido?
V.
Dicen, también Isolda
por nombre a ella llaman.
Yo soy a Albión princesa;
ella es alma de Irlanda.
Dicen que Dios vertió
el mar en su mirada.
Cuentan que un ave negra
cual cabello la ampara,
y de noche los mechones
cubren gallarda espalda.
Pero a esto no hago caso,
sino a que tú la amabas.
VI.
Grave has enfermado,
ponzoña bulle en la sangre,
y has enviado heraldo
a Irlanda por los brebajes
de Isolda que, ferviente,
por ti emprendió el viaje.
Pues su arte sana el cuerpo
y al corazón que late.
Secreto fue tu encargo,
susurro al mensajero:
“Si ella gentil viniere,
fulja en las velas nieve,
¡mas si no me es propicia,
el negro de la muerte!”
VII.
Tu boca tímida se abre;
áspid reptando en la selva.
Tu lengua, ayer éxtasis mío,
violácea tiembla de pena.
¿Habla en mi amado del valle
ciervo o rapaz, traidora hiena?
“¿Algún mástil, alguna proa,
vio el vigía en la niebla?
Por auxilio he llamado
a médico de otra tierra.”
Hasta el final finges tu farsa,
los labios de vil cerezo,
hielo en las agrias venas.
VIII.
¡Duerme, Tristán!, que al muelle
bajel extraño presto se acerca.
“¡Alegres nuevas!
¿Qué emblema porta?
¡Sé ojos, ruego, a mi impotencia!
¡Mira bien, esposa, dulce atalaya,
cual águila ve a su presa!”
Doliente mío, ¿es lágrima aciaga
o rabia la vista cela?
Cual ébano en densa floresta
o noche sin sus estrellas,
en mástil que bruma horada
tremolan negras las velas.
IX.
Isolda de Irlanda, tuyas las gracias
desde el ventanal distingo;
Fútil carrera hacia el palacio
por revivir viejo idilio.
¡De Tristán se extingue el aliento!
Mudo, más leve, el cuerpo
deplora su vigor perdido.
Entre sol y luna, eclipse
soy a quien jamás me quiso.
En blando lecho hallarás
al que nunca fue mío.
¡A ti, que espectro eras de amor,
con mentira te he vencido!